
En este episodio de Aprendiendo GTD llegamos al cuarto pilar de nuestra serie dedicada a las virtudes cardinales. Después de hablar de la prudencia —la virtud que nos ayuda a decidir bien—, de la justicia —que ordena nuestras relaciones— y de la fortaleza —que nos permite perseverar cuando las cosas se complican—, cerramos el recorrido con una virtud aparentemente discreta pero absolutamente imprescindible: la templanza.
Porque de poco sirve decidir bien, actuar con justicia o resistir con fortaleza si no sabemos medir, dosificar y poner límites. Y precisamente eso es lo que hace la templanza: introducir equilibrio en nuestra vida.
Una virtud mal entendida
La templanza es quizá una de las virtudes más malinterpretadas. A menudo se asocia con represión, con rigidez o con una vida apagada. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
La templanza no elimina el placer, lo ordena. No niega el deseo, lo educa. No empobrece la vida, la hace habitable.
Santo Tomás de Aquino definía esta virtud como:
“La virtud que modera los apetitos sensibles conforme a la razón.”
La palabra clave aquí es moderar, no eliminar. La templanza no dice “no disfrutes”, sino “disfruta bien”.
La templanza en la tradición clásica
En la Grecia clásica esta virtud era conocida como sophrosyne, un término que alude al dominio de uno mismo y a la armonía interior.
Para Platón, la templanza permitía el equilibrio entre las distintas partes del alma. Cuando los deseos obedecen a la razón, la persona vive en paz consigo misma.
Aristóteles, fiel a su teoría del justo medio, explicaba que la virtud se encuentra entre dos extremos. En el caso de la templanza, el equilibrio está entre:
- La intemperancia, el exceso.
- La insensibilidad, la negación total del placer.
El problema no es el placer. El problema es el desorden en el placer.
La templanza protege la libertad interior
Santo Tomás de Aquino retoma esta visión clásica y añade una idea muy interesante: la templanza protege nuestra libertad interior.
Cuando una persona no es templada, deja de ser libre. Se vuelve esclava del impulso, del hábito o del exceso. La templanza actúa precisamente sobre los deseos más básicos —comida, descanso, comodidad, placer— porque son los que más fácilmente pueden desordenarse.
En palabras del propio Santo Tomás de Aquino, la templanza:
“Conserva el bien de la razón frente a la atracción del placer.”
Es decir, nos ayuda a no perder el norte cuando algo nos atrae demasiado.
La templanza en nuestra vida diaria
Si llevamos esta virtud a nuestro día a día, descubrimos que tiene mucho que ver con cómo vivimos, trabajamos y nos organizamos.
1. La templanza en la gestión de la energía
No somos máquinas. Trabajar sin descanso, decir que sí a todo o vivir permanentemente acelerados no es fortaleza: es intemperancia. La templanza nos recuerda la importancia de parar, descansar y sostener el ritmo en el tiempo.
2. La templanza frente al exceso de información
Vivimos rodeados de estímulos: correos, mensajes, notificaciones, redes sociales… Ser templado hoy significa poner límites: no mirar el correo constantemente, no vivir reaccionando a cada estímulo y no confundir estar ocupado con ser efectivo.
3. La templanza en las expectativas
No todo se puede hacer. No todo es para ahora. Aceptar límites no es resignación, es realismo. La templanza nos ayuda a ajustar nuestras ambiciones a nuestras capacidades reales.
¿Y cómo unimos todo esto con GTD?
En el contexto de la organización personal y de la metodología GTD, la templanza tiene un papel fundamental. Un sistema de productividad no está para llenarlo todo, sino para sostener una vida equilibrada.
La templanza se manifiesta cuando:
- Ponemos límites sanos a nuestro trabajo.
- No saturamos nuestras listas con más de lo que podemos asumir.
- Revisamos nuestro sistema con honestidad.
- Aprendemos a decir “basta” sin culpa.
En definitiva, nos protege de uno de los mayores riesgos de la productividad moderna: el agotamiento.
La virtud del equilibrio
Podemos resumir las virtudes cardinales de la siguiente manera:
- La prudencia decide.
- La justicia ordena.
- La fortaleza sostiene.
- La templanza equilibra.
Sin equilibrio, todo lo demás termina desordenándose.
Por eso esta virtud nos enseña algo profundamente actual: vivir bien no es vivir al límite, sino vivir con medida, orden y sentido. Y también en nuestra organización personal ocurre lo mismo: no se trata de hacer más, sino de hacer mejor… y de poder sostenerlo en el tiempo.
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La sintonía del podcast es All the Fixings de Zachariah Hickman
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